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Una lección magistral

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Cada mañana, con responsable puntualidad, un maestro recibe a sus alumnos para comenzar una aventura que nunca es la misma. Los buenos días abren el aula como un armario de emociones y aprendizajes. Allí prende y se aprende, microscópicamente junto a otros, la alegría por el saber.

Día tras día en cada aula se teje, invisible, el futuro de cada uno y en suma el de todos. Un futuro que muestra sus rastros en cada descubrimiento y en cada conquista en ese pequeño y bullicioso espacio de vida que debe ser una buena escuela. Un tropel de experiencias, cuya consistencia y durabilidad, depende de cuanto el maestro las ilumine como socio y guía de los aprendizajes.

Ese maestro que no se deja amilanar cuando es objeto de subestimación, siembra un testimonio valioso para que cada niño aprenda progresivamente a ser humano y ciudadano. Una labor que, desde que los sofistas presocráticos recibieron burlas y ataques por enseñar, no siempre recibe un verdadero reconocimiento social.

Fueron los sofistas los primeros trabajadores por cuenta propia que, al cobrar por las enseñanzas que impartían, hicieron evidente que también un maestro necesita comer. Un hecho que la ministra de educación parece ignorar cuando el gobierno deja sin salario a los educadores.

El ingreso actual de un maestro no sirve para nada. Es el acto de mayor agresión del poder no sólo contra los maestros, sino también contra los niños y sus padres. Es la más destructiva actitud de un gobierno contra la educación desde que Rodrigo de Triana gritó ¡tierra!

Hay que detener el desmoronamiento del sistema educativo. Se trata de defender el salario de todos los educadores y también de detener el uso del presupuesto como mecanismo para desmantelar los centros de aprendizaje de recursos didácticos, laboratorios, uso de nuevas tecnologías, espacios deportivos y de recreación, infraestructura en buen estado, programa alimentario y baños limpios.

La situación de la educación no es un tema solo del magisterio. Por eso los dirigentes gremiales e informales de las nutridas y extendidas movilizaciones de protesta que sorprendieron al país deben cuidar que sus acciones estén basadas en la defensa de los derechos de los maestros, dirigidas a obtener respuesta a sus reivindicaciones y protegidas de una distorsión que acecha: empujar una lucha sectorial por salarios y condiciones de trabajo adecuadas hacia una fatal reproducción de un Maduro vete ya.

Es un logro invalorable que la gente, al margen de su identificación política, sienta como suya la lucha que han emprendido los maestros unidos desde esa célula de democracia que debe ser una escuela. Democracia, es decir, convivencia, tolerancia, respeto al otro, debate con argumentos y sin prejuicios, participación y representación de los diferentes. 

La lección de los maestros expresa que se puede y se debe luchar bien y que su causa merece ser acompañada y apoyada por la ciudadanía social que quiere entenderse a favor de un país diferente al que somos. Una lucha que ya es existencial.

Los maestros, sin temor, nos muestran que los derechos se defienden o se pierden, igual que un país. Una defensa que supone una lucha muy firme, pero teniendo en cuenta que hay que saber hacerla y como dijo Simón Rodríguez, demostrando que con el buen modo todo se puede.

Simón García

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