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Cierre del año escolar 2022-23: Oscurantismo institucional y social.

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La opacidad de la gestión gubernamental no impide ni por asomo lo que el ciudadano común sabe: el colapso de las instituciones del Estado. No hace falta ser ministro, dirigente administrativo o político para comprobar que las garantías constitucionales en materia de los más elementales derechos como salud, educación y alimentación son precarias en la patria de Bolívar.

         ¿A quién le van a hacer la historia que el país se ha recuperado económicamente cuando la inmensa mayoría está sumergida en niveles diversos de pobreza tan injusta como inhumana? En materia de escolaridad, vivimos como nación el peligro de un futuro plegado no solo de analfabetismo, sino de un oscurantismo atroz, porque nos estamos quedando sin el capital humano calificado para conducir los destinos de la nación.

¿De dónde van a salir los médicos, los ingenieros, los docentes si la deserción escolar continúa en aumento y los maestros se retiran de las aulas? Este año escolar 2022-23, el magisterio venezolano mantuvo una de sus peores crisis en su historia. Solo dos días a la semana, en ocasiones un día, los estudiantes recibieron clases en estos 6 meses del año. ¿Qué nivel de preparación lograron en las áreas más indispensables? ¿Cómo puede un estudiante que no alcanzó los aprendizajes mínimos en secundaria mantenerse en una carrera universitaria?

El panorama  es tan devastador como desalentador: instituciones por el suelo y sin el vital líquido, programas de alimentación escolar que dejaron de aplicarse (¿adónde destinaron esos recursos?), salarios que no superan los 10$, trabajadores de la educación sin contratación colectiva alguna y en total indefensión laboral. Currículos cuya novedad no apuntan a una verdadera formación, a una capacitación para enfrentar los desafíos como país, sino al servicio de un dogmatismo político esclerótico y trasnochado.  

Nos queda resistir en el campo de las ideas y del derecho todo el tiempo que haga falta resistir con la convicción de tener las razones justas a nuestro lado. La educación y la academia son indispensables para el progreso de los pueblos, el enriquecimiento de la cultura y  de los valores como sociedad. La tasa de retorno genera los conocimientos para librar los retos contra la injusticia, la pobreza y la desigualdad. Ese norte no debemos descuidarlo, ahora cuando presenciamos Doctorados Honoris Causa a personeros del statu quo sin mérito alguno.

Franklin Piccone Sanabria.

MSc en Ciencias de la Educación.

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