El primer trimestre de 2026 ha caído como un mazo sobre lo poco que quedaba de la dignidad económica en Venezuela. El Banco Central de Venezuela se apresura a publicar cifras que intentan normalizar el desastre, la realidad es una devaluación del 36,4% en apenas 90 días. El bolívar se hunde y arrastra la vida de venezolanos que ven cómo el dólar oficial escaló un 57,2% para situarse en la frontera de los 474 bolívares.
El salario mínimo representa 27 centavos de dólar al mes, como una condena al hambre. Es la confesión de un sistema que ha decidido ignorar la base productiva del país para refugiarse en una economía de bonos. El gobierno, tras los eventos de enero, pretende apagar el incendio de la inflación que ya suma un aterrador 51,9% acumulado con anuncios de «fondos de protección» alimentados por ventas extraordinarias de combustible.
Resulta cínico celebrar la entrada de 300 millones de dólares al erario público gracias a la flexibilización de sanciones mientras el trabajador Público, universitario, el médico y el obrero, deben exigir condiciones que no los obliguen a elegir entre comer o pagar transporte.
La estrategia es clara y perversa, mantener una política de bonificaciones que no generan pasivos laborales, destruyendo el concepto de ahorro y jubilación, mientras se espera solucionen lo que ellos mismo ha destruido en 27 años, acompañados por los que decían que votar era malo y, hoy piden elecciones y no les importa los problemas de la gente.
¿De qué sirve la «venta extraordinaria» de Petróleo si el beneficio se queda en las altas esferas y no llega al bolsillo del ciudadano en forma de poder adquisitivo real? Venezuela cumple once meses consecutivos con una inflación de dos dígitos. Esa si es la verdadera temperatura del país, no las promesas de una recuperación que solo se siente en las burbujas comerciales, que no se puede pedir «paciencia» a un pueblo con ingreso mensuales que no alcanza ni para comprar un litro de leche.
El bolívar se desintegra en las manos de la gente, y mientras el Ejecutivo siga maquillando la crisis con retórica de resistencia, la única cifra que seguirá creciendo es la de la indignación nacional.
El 2026 no ha traído el cambio de rumbo prometido, sino una aceleración del colapso bajo nuevas caras, la economía no miente aunque la política lo intente. Un país con salarios de centavos y precios de primer mundo es un país que camina, nuevamente, hacia el abismo.
Por: Dip. William Ceballos













